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Nuevo alumno de Badajoz (ES) en la Escuela de Quebec (CA)

11-06-2018


 

Solo tiene veinte años recién cumplidos en mayo, pero le ha dado tiempo a saber dos cosas importantes: que en esta vida uno ha de perseguir sus sueños y que su familia es más comprensiva de lo que él esperaba cuando les comunicó que quería dedicarse al mayor espectáculo del mundo.
Juan Carlos Panduro Romero (Badajoz, 1998) estudió en el colegio Santa Teresa de Badajoz y sacó matrícula de honor en el Bachillerato, pero él lo que quiere es vivir de hacer el pino y colgarse del trapecio, eso sí, al máximo nivel. «Podía haber estudiado para ser médico como mi hermana, o ingeniero. Pero es que a mí lo que me gusta es el circo», afirma tajante antes de dar detalles sobre una decisión vital que le trajo no pocos quebraderos de cabeza pues otros estudios que le tentaban eran Fisioterapia y Ciencias del Deporte.
«Para mí elegir hacer circo fue más difícil que para mi familia. Tengo una suerte increíble porque sé que no todos pueden decir que sus padres les apoyan tanto. Al principio me daba miedo porque todos tenían muchas expectativas sobre mí, pero desde el principio me animaron. Mis padres no querían que me quedara con ese remordimiento y para mí fue un salto de fe».
Su especialidad es el equilibrio sobre manos y su disciplina secundaria el trapecio fijo. En su entorno no hay tradición artística. Juan Carlos tiene una hermana mayor que estudió Medicina y otra menor que está en quinto de primaria. A esa edad él practicaba la gimnasia, pero después probó en una escuela de circo de Badajoz denominada Espacio La Rota, un lugar pionero en la ciudad que con él se puede decir que ya ha empezado a producir figuras.
Es pronto para augurar que será una estrella, pero Juan Carlos en estos momentos se encuentra a las puertas de ingresar en el mejor centro de formación del mundo, situado en Montreal, Canadá. Esta escuela está al alcance de muy pocos artistas por ser el lugar de donde se surten las tres compañías circenses 'top' del planeta: Circo del Sol, Los Siete Dedos de la Mano (su favorita) y Circo Eloize.
Todo empezó cuando con doce años participó en unos talleres de circo en el marco del programa municipal 'Vive la Noche' de la mano de Cristina Oliva y José Ángel Vacas, dos de los promotores de La Rota. «Me encantó porque no era tan rígido como el mundo de la gimnasia. Al final del verano hicimos una actuación en el López de Ayala y me di cuenta de que quería dedicarme a esto. Fue como una revelación. En el circo me sentía más libre y descubrí que éste era un camino para mí».
Así es la formación
Formarse en artes circenses no es sencillo, al menos en España, donde este tipo de estudios equivalen a un grado superior. Solo Madrid y Barcelona tienen escuelas relacionadas con este arte. Juan Carlos acaba de finalizar el segundo curso preparatorio en la escuela Carampa de Madrid, donde asiste a clase de 9 de la mañana a cinco de la tarde, y realiza entrenamientos libres hasta las nueve de la noche.
Ahora quiere hacer el equivalente a una carrera universitaria, pero en pocos lugares del mundo imparten esta formación de un modo tan intenso y, evidentemente, restringido pues solo aceptan a los mejores. Las escuelas más punteras están en Canadá (Montreal y Quebec) y en Suecia (Estocolmo).
«Fui a una audición para la Escuela Nacional de Circo de Canadá, que son unas pruebas que realizan cada año en Montreal, Quebec y Toronto y en París, que es donde yo fui, para captar alumnos europeos. De 300 aspirantes cogen a 20 y a dos o tres los dejan en lista de espera. Yo quedé el primero de esa lista, pero quieren conocerme y hacerme unas pruebas este verano. Me voy el 13 de junio y pasaré allí tres semanas», explicaba ilusionado este pacense el mismo día que acababa de recibir otro correo electrónico de Estocolmo invitándole a realizar con ellos otro curso intensivo.
Malabares, portes acrobáticos, telas, aros, equilibrio sobre objetos o cuerda fija son algunas de las materias que se estudian en este tipo de centros. Según cuenta, en las escuelas superiores los alumnos ya conocen su disciplina principal, pero además abordan otras troncales como acrobacia, danza, teatro, tutorías artísticas o creación. En la parte teórica se estudian cuestiones como anatomía, seguridad sobre el escenario, economía, filosofía, literatura e idiomas como inglés o francés.
Pero este extremeño sabe que formarse es solo la mitad del camino. Preguntado sobre las salidas profesionales que tiene por delante Juan Carlos es optimista.
«Hay más salidas de las que te puedes imaginar. Si entras en la escuela de Montreal prácticamente tienes empleo porque funciona como una bolsa de trabajo de las tres mejores compañías del mundo. Si terminas en una escuela de Europa tienes que buscarte algo más la vida, pero no es tan difícil encontrar empleo porque ahora mismo este tipo de circo contemporáneo está de moda por lo que la oferta iguala la demanda, sobre todo en Francia, donde hay mucha afición al circo, muchos espectáculos y por tanto muchas compañías, no como ocurre con el teatro o la danza, donde la oferta es mayor a la demanda, que es lo que pasa también en España», explica.
No obstante, Juan Carlos es consciente de que las lesiones son una amenaza - «no se pueden evitar porque machacamos el cuerpo doce horas al día», dice- y también sabe que la vida de artista en este caso es corta, equivalente a la de un deportista de élite. «A partir de un momento puedes dedicarte a la docencia, a la creación, ser coreógrafo, director artístico... Una vez entras en este mundo es mucho más grande de lo que parece y se te abren muchas opciones», señala rebosante de ilusión este equilibrista pacense al que hace ocho años se le iluminaron los ojos sobre el escenario y que hoy se confiesa encantado de hacer las maletas para triunfar bajo una carpa.

Solo tiene veinte años recién cumplidos en mayo, pero le ha dado tiempo a saber dos cosas importantes: que en esta vida uno ha de perseguir sus sueños y que su familia es más comprensiva de lo que él esperaba cuando les comunicó que quería dedicarse al mayor espectáculo del mundo.

Juan Carlos Panduro Romero (Badajoz, 1998) estudió en el colegio Santa Teresa de Badajoz y sacó matrícula de honor en el Bachillerato, pero él lo que quiere es vivir de hacer el pino y colgarse del trapecio, eso sí, al máximo nivel. «Podía haber estudiado para ser médico como mi hermana, o ingeniero. Pero es que a mí lo que me gusta es el circo», afirma tajante antes de dar detalles sobre una decisión vital que le trajo no pocos quebraderos de cabeza pues otros estudios que le tentaban eran Fisioterapia y Ciencias del Deporte.

«Para mí elegir hacer circo fue más difícil que para mi familia. Tengo una suerte increíble porque sé que no todos pueden decir que sus padres les apoyan tanto. Al principio me daba miedo porque todos tenían muchas expectativas sobre mí, pero desde el principio me animaron. Mis padres no querían que me quedara con ese remordimiento y para mí fue un salto de fe».

Su especialidad es el equilibrio sobre manos y su disciplina secundaria el trapecio fijo. En su entorno no hay tradición artística. Juan Carlos tiene una hermana mayor que estudió Medicina y otra menor que está en quinto de primaria. A esa edad él practicaba la gimnasia, pero después probó en una escuela de circo de Badajoz denominada Espacio La Rota, un lugar pionero en la ciudad que con él se puede decir que ya ha empezado a producir figuras.

Es pronto para augurar que será una estrella, pero Juan Carlos en estos momentos se encuentra a las puertas de ingresar en el mejor centro de formación del mundo, situado en Montreal, Canadá. Esta escuela está al alcance de muy pocos artistas por ser el lugar de donde se surten las tres compañías circenses 'top' del planeta: Circo del Sol, Los Siete Dedos de la Mano (su favorita) y Circo Eloize.

Todo empezó cuando con doce años participó en unos talleres de circo en el marco del programa municipal 'Vive la Noche' de la mano de Cristina Oliva y José Ángel Vacas, dos de los promotores de La Rota. «Me encantó porque no era tan rígido como el mundo de la gimnasia. Al final del verano hicimos una actuación en el López de Ayala y me di cuenta de que quería dedicarme a esto. Fue como una revelación. En el circo me sentía más libre y descubrí que éste era un camino para mí».

Así es la formaciónFormarse en artes circenses no es sencillo, al menos en España, donde este tipo de estudios equivalen a un grado superior. Solo Madrid y Barcelona tienen escuelas relacionadas con este arte. Juan Carlos acaba de finalizar el segundo curso preparatorio en la escuela Carampa de Madrid, donde asiste a clase de 9 de la mañana a cinco de la tarde, y realiza entrenamientos libres hasta las nueve de la noche.

Ahora quiere hacer el equivalente a una carrera universitaria, pero en pocos lugares del mundo imparten esta formación de un modo tan intenso y, evidentemente, restringido pues solo aceptan a los mejores. Las escuelas más punteras están en Canadá (Montreal y Quebec) y en Suecia (Estocolmo).

«Fui a una audición para la Escuela Nacional de Circo de Canadá, que son unas pruebas que realizan cada año en Montreal, Quebec y Toronto y en París, que es donde yo fui, para captar alumnos europeos. De 300 aspirantes cogen a 20 y a dos o tres los dejan en lista de espera. Yo quedé el primero de esa lista, pero quieren conocerme y hacerme unas pruebas este verano. Me voy el 13 de junio y pasaré allí tres semanas», explicaba ilusionado este pacense el mismo día que acababa de recibir otro correo electrónico de Estocolmo invitándole a realizar con ellos otro curso intensivo.

Malabares, portes acrobáticos, telas, aros, equilibrio sobre objetos o cuerda fija son algunas de las materias que se estudian en este tipo de centros. Según cuenta, en las escuelas superiores los alumnos ya conocen su disciplina principal, pero además abordan otras troncales como acrobacia, danza, teatro, tutorías artísticas o creación. En la parte teórica se estudian cuestiones como anatomía, seguridad sobre el escenario, economía, filosofía, literatura e idiomas como inglés o francés.

Pero este extremeño sabe que formarse es solo la mitad del camino. Preguntado sobre las salidas profesionales que tiene por delante Juan Carlos es optimista.

«Hay más salidas de las que te puedes imaginar. Si entras en la escuela de Montreal prácticamente tienes empleo porque funciona como una bolsa de trabajo de las tres mejores compañías del mundo. Si terminas en una escuela de Europa tienes que buscarte algo más la vida, pero no es tan difícil encontrar empleo porque ahora mismo este tipo de circo contemporáneo está de moda por lo que la oferta iguala la demanda, sobre todo en Francia, donde hay mucha afición al circo, muchos espectáculos y por tanto muchas compañías, no como ocurre con el teatro o la danza, donde la oferta es mayor a la demanda, que es lo que pasa también en España», explica.

No obstante, Juan Carlos es consciente de que las lesiones son una amenaza - «no se pueden evitar porque machacamos el cuerpo doce horas al día», dice- y también sabe que la vida de artista en este caso es corta, equivalente a la de un deportista de élite. «A partir de un momento puedes dedicarte a la docencia, a la creación, ser coreógrafo, director artístico... Una vez entras en este mundo es mucho más grande de lo que parece y se te abren muchas opciones», señala rebosante de ilusión este equilibrista pacense al que hace ocho años se le iluminaron los ojos sobre el escenario y que hoy se confiesa encantado de hacer las maletas para triunfar bajo una carpa.