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La profesora del Circo Piraña Show (ES)

09-07-2018


 

"Estás loca, estás en la bolsa de empleo público de profesores y te vas a ir un año entero a dar clase en un circo". Esto más o menos fue lo que me dijeron mi familia y algunos amigos cuando les conté que me habían admitido en el Programa de Aulas Itinerantes del Ministerio de Educación.
Sí. Efectivamente, llevaba trabajando como profesora desde que terminé las diplomaturas. Soy maestra de educación especial e infantil, tengo 32 años y he trabajado tanto con niños como con adultos. También fui cooperante en un colegio de Honduras durante mes y medio. Conocer de primera mano cómo era educar en un ambiente itinerante me llamaba muchísimo la atención. Por eso, durante el curso 2016-2017 me convertí en la maestra del Colegio Circo Piraña Show, situado en un camión que hacía las veces de mi casa y mi lugar de trabajo. Siempre me ha gustado el circo, incluso había ido a clases de danza aérea. Eso sí, en el circo nunca lo practiqué, solo miraba, no quería mezclar ocio con trabajo, aunque todos sabían que mis números y acróbatas favoritos eran los aéreos.
Mi primera semana allí no fue fácil. Recuerdo llegar con todos los trastos y ver el poco espacio que tenía. Me parecía imposible colocar todo lo que había llevado. No asimilé bien que estaba en un circo hasta que fui por primera vez a una función y pude ver que todos con los que me había cruzado, los que me habían ayudado con los electrodomésticos y los que me habían dicho dónde aparcar el coche tenían una misión en el espectáculo. También yo tenía la mía, era parte del ecosistema circense.
Cuando cuento que trabajé en un circo ambulante nunca faltan las preguntas. Pero ¿vivías allí con ellos? Claro, juntos pero independientes. Todos los maestros de circo (alrededor de 15 cada curso) tenemos unas instalaciones muy parecidas. El objetivo es que no existan grandes diferencias entre un destino y otro. En mi circo se aprovechaba el mismo camión como colegio y vivienda del maestro, aunque los espacios eran independientes. En menos de diez metros cuadrados tenía una cocina-comedor, un baño y una habitación con una cama grande y otra más pequeña. Uno de mis mayores miedos antes de mudarme era el frío, soy muy friolera y temía pasarlo mal, pero en absoluto, el camión tenía calefacción y aire acondicionado en ambas zonas.
Función tras función, esa temporada recorrimos Cataluña y el norte de la Comunidad Valenciana. Los traslados los hacía en mi coche particular, teniendo que dejar mi casa y el cole recogidos. Eso implicaba que todo lo que podía caerse con el movimiento tenía que estar o en el suelo o encima de la cama. Un día, cuando entré en el camión después de un viaje, vi que estaba lleno de cristales: había olvidado descolgar la mampara del baño y se había hecho añicos. Rompí a llorar y se lo fui a contar a la empresaria del circo. Esta me abrazó. Me dijo que esos descuidos les seguían pasando a ellos de vez en cuando, y eso que llevan años viviendo de acá para allá. Cuento esta anécdota para explicar cómo me hicieron sentir desde el primer momento, era una más.
Si nos mudábamos en día lectivo, el camión del colegio siempre era lo último que se movía para que los niños no perdiesen clase. La gente del Piraña Show, alrededor de 30 personas entre empresarios, artistas y personal de mantenimiento y montaje, respetan mucho la educación de sus hijos y la figura del maestro que les acompaña cada curso. Viven como una gran familia; padres e hijos tienen su propia casa, pero cuando llegan fechas señaladas, como cumpleaños, nos juntábamos todos. No puedo negar que echo mucho de menos a los niños, el vínculo que se crea con ellos es muy estrecho, la mezcla de cariño y respeto que me tenían es una de las cosas que me llevaré para siempre de esa experiencia. Un día que estaba un poco de bajón llamaron a mi puerta y montaron un concierto de rock para animarme. A pesar de los gallos y del desafine de las guitarras eléctricas ficticias, lo consiguieron.
Aunque suelo decir que nuestro colegio era como todos, al ir contando detalles y experiencias me doy cuenta de que era un colegio extraordinario, con todas las connotaciones que tiene esta palabra.
Esa esencia tan especial es lo primero que tienes que tener en cuenta si decides participar en un programa de aulas itinerantes. Todo es variable, desde el lugar donde vives hasta el número de alumnos. Algunas familias cambian de circo en mitad de curso y lo normal es que en clase haya niños de edades muy dispares. En el Piraña Show tenía seis estudiantes fijos, el pequeño tenía 4 años y el mayor, 16. Además, ser profe de un circo es un buen entrenamiento de improvisación: puedes tener las horas de clase programas al milímetro y que, de repente, se vaya la luz en el cole y tengas que improvisar actividades al aire libre siguiendo el hilo del temario lo mejor posible. Tomar decisiones rápidas es algo que al principio de aquel curso me costaba y que, gracias a esos imprevistos, ahora domino.
La organización fue mi mejor aliada para que todos mis alumnos llegasen a cumplir sus objetivos. En ese sentido estoy muy satisfecha, los dos niños que cursaban primero de primaria aprendieron a leer y el mayor terminó la ESO. A pesar de la diferencia de edad, traté de que los seis trabajasen como un equipo, aprendiendo los unos de los otros, algo imprescindible se dediquen o no al circo cuando crezcan. Algunos tenían muy claro que querían seguir los pasos de sus padres, incluso los más mayores ya participaban en algún número. Otros, sin embargo, al terminar la Secundaria continuaron su formación en un instituto regular para convertirse en profesores o médicos. Aunque trabajé sola durante todo el curso, el contacto diario con los inspectores y los pedagogos del Ministerio y la obligación de seguir una rutina semejante a un colegio corriente (memorias, pasar las faltas de los alumnos...) hizo que no perdiese la motivación.
Lo que más me gusta de este forma de enseñar es la posibilidad que tienen los alumnos de explorar el entorno que rodea al circo cada semana (naturaleza, museos, culturas...). Al tener que repartir el tiempo de clase entre tantos niveles, trataba de plantear tareas con las que pudiéramos abordar distintas materias. Por ejemplo, desde la clase de educación física montamos unos mini Juegos Olímpicos. Cada niño escogió un país y, además de realizar distintas pruebas físicas (natación, lanzamiento de disco...), tuvieron que investigar sobre el mismo. Así trabajábamos también geografía e historia. Los padres se involucraban mucho en este tipo de actividades. Aún recuerdo la celebración del día del número pi, los adultos prepararon camisetas y una gran merienda como si fuesen unos alumnos más.
Aunque mi horario como profesora terminaba a las tres de la tarde, los niños me llamaban "profe" todos los días a cualquier hora. No obstante, una de las cosas fundamentales que tiene que aprender un maestro de circo es a poner límites. Supongo que no es muy distinto a cuando trabajas en un pueblo pequeño, que te puedes encontrar a la madre de un alumno en la panadería y montar una reunión improvisada allí mismo. Pero no, tienes que ponerte seria con eso: las tutorías con los padres y las clases tienen que estar dentro del horario lectivo y de las horas marcadas.
Las tardes y los fines de semana los tenía totalmente libres. Solía aprovechar para ir a ver a mi familia, comprar, descubrir rutas de senderismo y, si estaba cerca de alguna ciudad, buscar clases de baile. Pero sola, todo lo tenía que hacer sola y sin referencias. Eso quizá fue lo me echó atrás para no seguir un curso más siendo maestra de circo. Allí todo se magnifica, me siento como una concursante de un reality tipo Gran Hermano diciendo esto, pero es totalmente cierto. Un día se me inundó la casa y no tenía ni idea de dónde venía el agua. Eso mismo me pasó hace años en un piso de alquiler y no me agobié tanto. Creo que la diferencia estuvo en que en el segundo caso tenía a mi familia y amigos cerca. La avería se solucionó pronto, la gente del circo acudió rápidamente a mi caravana a pesar de que estaban en plena función.
Hace unos meses tuve la oportunidad de decirle al maestro que ha cogido mi testigo que había tenido mucha suerte por caer en ese circo. El Piraña Show se asentó unos días en mi ciudad y no quise perderme su nuevo número de magia. Ha pasado un año desde que me despedí de ellos y no se me borra la sonrisa de la cara cuando recuerdo a mis alumnos y esa locura de experiencia de la que hablaba mi entorno. Además, aunque ellos nunca me hayan visto volando sujetada por telas, creo que mi danza aérea ha mejorado desde que viví en un circo.

"Estás loca, estás en la bolsa de empleo público de profesores y te vas a ir un año entero a dar clase en un circo". Esto más o menos fue lo que me dijeron mi familia y algunos amigos cuando les conté que me habían admitido en el Programa de Aulas Itinerantes del Ministerio de Educación.

Sí. Efectivamente, llevaba trabajando como profesora desde que terminé las diplomaturas. Soy maestra de educación especial e infantil, tengo 32 años y he trabajado tanto con niños como con adultos. También fui cooperante en un colegio de Honduras durante mes y medio. Conocer de primera mano cómo era educar en un ambiente itinerante me llamaba muchísimo la atención. Por eso, durante el curso 2016-2017 me convertí en la maestra del Colegio Circo Piraña Show, situado en un camión que hacía las veces de mi casa y mi lugar de trabajo. Siempre me ha gustado el circo, incluso había ido a clases de danza aérea. Eso sí, en el circo nunca lo practiqué, solo miraba, no quería mezclar ocio con trabajo, aunque todos sabían que mis números y acróbatas favoritos eran los aéreos.

Mi primera semana allí no fue fácil. Recuerdo llegar con todos los trastos y ver el poco espacio que tenía. Me parecía imposible colocar todo lo que había llevado. No asimilé bien que estaba en un circo hasta que fui por primera vez a una función y pude ver que todos con los que me había cruzado, los que me habían ayudado con los electrodomésticos y los que me habían dicho dónde aparcar el coche tenían una misión en el espectáculo. También yo tenía la mía, era parte del ecosistema circense.

Cuando cuento que trabajé en un circo ambulante nunca faltan las preguntas. Pero ¿vivías allí con ellos? Claro, juntos pero independientes. Todos los maestros de circo (alrededor de 15 cada curso) tenemos unas instalaciones muy parecidas. El objetivo es que no existan grandes diferencias entre un destino y otro. En mi circo se aprovechaba el mismo camión como colegio y vivienda del maestro, aunque los espacios eran independientes. En menos de diez metros cuadrados tenía una cocina-comedor, un baño y una habitación con una cama grande y otra más pequeña. Uno de mis mayores miedos antes de mudarme era el frío, soy muy friolera y temía pasarlo mal, pero en absoluto, el camión tenía calefacción y aire acondicionado en ambas zonas.

Función tras función, esa temporada recorrimos Cataluña y el norte de la Comunidad Valenciana. Los traslados los hacía en mi coche particular, teniendo que dejar mi casa y el cole recogidos. Eso implicaba que todo lo que podía caerse con el movimiento tenía que estar o en el suelo o encima de la cama. Un día, cuando entré en el camión después de un viaje, vi que estaba lleno de cristales: había olvidado descolgar la mampara del baño y se había hecho añicos. Rompí a llorar y se lo fui a contar a la empresaria del circo. Esta me abrazó. Me dijo que esos descuidos les seguían pasando a ellos de vez en cuando, y eso que llevan años viviendo de acá para allá. Cuento esta anécdota para explicar cómo me hicieron sentir desde el primer momento, era una más.

Si nos mudábamos en día lectivo, el camión del colegio siempre era lo último que se movía para que los niños no perdiesen clase. La gente del Piraña Show, alrededor de 30 personas entre empresarios, artistas y personal de mantenimiento y montaje, respetan mucho la educación de sus hijos y la figura del maestro que les acompaña cada curso. Viven como una gran familia; padres e hijos tienen su propia casa, pero cuando llegan fechas señaladas, como cumpleaños, nos juntábamos todos. No puedo negar que echo mucho de menos a los niños, el vínculo que se crea con ellos es muy estrecho, la mezcla de cariño y respeto que me tenían es una de las cosas que me llevaré para siempre de esa experiencia. Un día que estaba un poco de bajón llamaron a mi puerta y montaron un concierto de rock para animarme. A pesar de los gallos y del desafine de las guitarras eléctricas ficticias, lo consiguieron.

Aunque suelo decir que nuestro colegio era como todos, al ir contando detalles y experiencias me doy cuenta de que era un colegio extraordinario, con todas las connotaciones que tiene esta palabra.

Esa esencia tan especial es lo primero que tienes que tener en cuenta si decides participar en un programa de aulas itinerantes. Todo es variable, desde el lugar donde vives hasta el número de alumnos. Algunas familias cambian de circo en mitad de curso y lo normal es que en clase haya niños de edades muy dispares. En el Piraña Show tenía seis estudiantes fijos, el pequeño tenía 4 años y el mayor, 16. Además, ser profe de un circo es un buen entrenamiento de improvisación: puedes tener las horas de clase programas al milímetro y que, de repente, se vaya la luz en el cole y tengas que improvisar actividades al aire libre siguiendo el hilo del temario lo mejor posible. Tomar decisiones rápidas es algo que al principio de aquel curso me costaba y que, gracias a esos imprevistos, ahora domino.

La organización fue mi mejor aliada para que todos mis alumnos llegasen a cumplir sus objetivos. En ese sentido estoy muy satisfecha, los dos niños que cursaban primero de primaria aprendieron a leer y el mayor terminó la ESO. A pesar de la diferencia de edad, traté de que los seis trabajasen como un equipo, aprendiendo los unos de los otros, algo imprescindible se dediquen o no al circo cuando crezcan. Algunos tenían muy claro que querían seguir los pasos de sus padres, incluso los más mayores ya participaban en algún número. Otros, sin embargo, al terminar la Secundaria continuaron su formación en un instituto regular para convertirse en profesores o médicos. Aunque trabajé sola durante todo el curso, el contacto diario con los inspectores y los pedagogos del Ministerio y la obligación de seguir una rutina semejante a un colegio corriente (memorias, pasar las faltas de los alumnos...) hizo que no perdiese la motivación.

Lo que más me gusta de este forma de enseñar es la posibilidad que tienen los alumnos de explorar el entorno que rodea al circo cada semana (naturaleza, museos, culturas...). Al tener que repartir el tiempo de clase entre tantos niveles, trataba de plantear tareas con las que pudiéramos abordar distintas materias. Por ejemplo, desde la clase de educación física montamos unos mini Juegos Olímpicos. Cada niño escogió un país y, además de realizar distintas pruebas físicas (natación, lanzamiento de disco...), tuvieron que investigar sobre el mismo. Así trabajábamos también geografía e historia. Los padres se involucraban mucho en este tipo de actividades. Aún recuerdo la celebración del día del número pi, los adultos prepararon camisetas y una gran merienda como si fuesen unos alumnos más.

Aunque mi horario como profesora terminaba a las tres de la tarde, los niños me llamaban "profe" todos los días a cualquier hora. No obstante, una de las cosas fundamentales que tiene que aprender un maestro de circo es a poner límites. Supongo que no es muy distinto a cuando trabajas en un pueblo pequeño, que te puedes encontrar a la madre de un alumno en la panadería y montar una reunión improvisada allí mismo. Pero no, tienes que ponerte seria con eso: las tutorías con los padres y las clases tienen que estar dentro del horario lectivo y de las horas marcadas.

Las tardes y los fines de semana los tenía totalmente libres. Solía aprovechar para ir a ver a mi familia, comprar, descubrir rutas de senderismo y, si estaba cerca de alguna ciudad, buscar clases de baile. Pero sola, todo lo tenía que hacer sola y sin referencias. Eso quizá fue lo me echó atrás para no seguir un curso más siendo maestra de circo. Allí todo se magnifica, me siento como una concursante de un reality tipo Gran Hermano diciendo esto, pero es totalmente cierto. Un día se me inundó la casa y no tenía ni idea de dónde venía el agua. Eso mismo me pasó hace años en un piso de alquiler y no me agobié tanto. Creo que la diferencia estuvo en que en el segundo caso tenía a mi familia y amigos cerca. La avería se solucionó pronto, la gente del circo acudió rápidamente a mi caravana a pesar de que estaban en plena función.

Hace unos meses tuve la oportunidad de decirle al maestro que ha cogido mi testigo que había tenido mucha suerte por caer en ese circo. El Piraña Show se asentó unos días en mi ciudad y no quise perderme su nuevo número de magia. Ha pasado un año desde que me despedí de ellos y no se me borra la sonrisa de la cara cuando recuerdo a mis alumnos y esa locura de experiencia de la que hablaba mi entorno. Además, aunque ellos nunca me hayan visto volando sujetada por telas, creo que mi danza aérea ha mejorado desde que viví en un circo.

 

Fuente: El País